El cartílago era extenso, el aire
tenía espacio para jugar y resonar. Nunca le molestó personalmente, creía
hablar consigo mismo, de hecho tenía largas y profundas conversaciones; algunas
otras eran como secretos, susurros silentes que le arrullaban. Estaba contento
con ese amigo sincero, que veía lo mismo que él, que escuchaba, olía y sentía
su cotidiano, que podía darle consejos, porque lo acompañaba a todos lados.
Así vivía. Así moriría. Aunque
era conciente que luego de la muerte, como el cartílago es un tejido que se
desintegra relativamente rápido, sería reducido por el aire pesado y podrido del cajón
mortuorio.
Por eso temía tanto al silencio.
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mmm… ¿no está tan bueno verdad? mmm...

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