viernes, 10 de febrero de 2012

fosas...

Era uno de esos hombres que tenían extrañamente adherido el cartílago de la nariz a su cráneo, en la base bien fijo, pero con alguna porosidad por la cual el aire se filtraba y resoplaba cuando él se recostaba. El aire. Entrando y saliendo por las fosas nasales jugueteaba por la porosidad del cartílago y a causa de algún conducto secreto e inexplicable en su cuerpo, llegaba al labio superior. Al menos eso era lo que él imaginaba por las noches.
El cartílago era extenso, el aire tenía espacio para jugar y resonar. Nunca le molestó personalmente, creía hablar consigo mismo, de hecho tenía largas y profundas conversaciones; algunas otras eran como secretos, susurros silentes que le arrullaban. Estaba contento con ese amigo sincero, que veía lo mismo que él, que escuchaba, olía y sentía su cotidiano, que podía darle consejos, porque lo acompañaba a todos lados.

Así vivía. Así moriría. Aunque era conciente que luego de la muerte, como el cartílago es un tejido que se desintegra relativamente rápido, sería reducido por el aire pesado y podrido del cajón mortuorio.

Por eso temía tanto al silencio.

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mmm… ¿no está tan bueno verdad? mmm...

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