viernes 25 de noviembre de 2011

Mi imaginación. Sin treguas pero limitada.

(o "¿será la maldita crisis de la edad?")
"no te turben mis alientos"
Gabriela Mistral.
(nota: tómese esta cita como sarcasmo, por favor.)

Ese cliché que dice que la realidad supera a la ficción parece ser cierto, mi realidad le ha dado la vuelta a mi imaginación, y aunque tengo ideas e imágenes de mí misma a las cuales la realidad ni siquiera se ha acercado, no quiere decir que mi realidad no haya superado en mucho lo que antaño había construido en escenarios ficticios, imaginarios, sobre mi propio futuro. 
Hace unos años no pensé verme como hoy. Lo digo luego de haber hecho un montón de cosas que quería y de tener otras a las cuales jamás pensé acceder. 
Hoy tengo, por ejemplo, un empleo que no parece empleo, ¡leo, juego y aprendo!, prácticamente sin salir de casa y me pagan por ello. Lo malo es que puede terminar, muy pronto, eso una nunca gusta imaginarlo. 
Nunca me imaginé haber vivido en París, digo, una cosa es que una lo diga y lo grite, para ver si se hace realidad, pero otra es que sí pase. Y mucho menos me imaginé pisar Islandia… y ya en esas, nunca me imaginé ser aceptada en la maestría ideal, tener además una beca de esas “cotizadas”, y decidir renunciar a ello por “causas de fuerza mayor”… mucho menos imaginé tener ahora que viajar forzosamente a causa de un boleto de avión que ya estaba apartado y menos aún ¡deber el boleto!. Al cancelar la ida se cancela la beca, pero no el boleto, ¡santas complicaciones! qué simpático el destino, que me hará pagar y tomar otro vuelo trasatlántico en condiciones así de casuales y causales. 
Y mejor ni hablar de las “causas de fuerza mayor”, eso, tampoco que lo imaginé nunca, o más bien, no lo deseé de ningún modo para mí (eso no quiero comentarlo hasta que se aclare lo que me sucede). 

Pero por otro lado, jamás ¡eso sí jamás! pensé que un día querría tener hijos. Maldigo (y tiernamente saludo) a mi reloj biológico y al tipo que lo echó a andar… no sabía que eso existía, no le creí a mis amigas cuando me decían “ya quiero tener hijos, es el reloj biológico” y luego, tenían hijos. Pensé que era un mito, algo que inventaban las abuelas para asustar y coartar la vida sexual placentera, o las madres, para presionar ante su necesidad de ser abuelas. Pensé que eso nunca me pasaría a mí. 
Desde que tengo memoria y capacidad de llegar a conclusiones personales, he dicho que nunca tendría hijos. Es algo que pensé y argumenté cada año más concienzudamente y mejorando las razones de mi negativa. Veía los pros de mi decisión y claramente asumía que era lo mejor para mí y para el mundo. Pero un día, todo cambió. 
No hay manera de detenerlo, no es de cuerda ni de pilas, no se conecta, es una bomba de tiempo, tic-tac tic-tac… ahí está, lo siento, cada vez que miro a un perrito de la calle lo recuerdo, cada vez que en algún documental la cría de cualquier especie parece mirar la cámara, el tic-tac se acelera, y cada vez que encuentro a alguna linda niña con un vestido inmaculado, fino cabello y sonrisa de princesa, pequeña, entre los cuatro y siete años, ahí, se estremece todo mi interior y lo escucho fuerte, nace en algún lugar del pecho que comunica a mi corazón con mi estómago, una zona que seguramente los médicos desconocen, o cuya naturaleza no han querido revelar por temor a las excesivas peticiones para detenerlo, yo qué sé. 
Siento fuerte un movimiento dentro de mí, uno que nunca antes imaginé si quiera, y todos mis argumentos anteriores aparecen nulos, vacíos de sentido. No existe razonamiento alguno que me indique que está bien cambiar de decisión, que querer tener hijos es sabio, no. Pero no es cosa de pensar, es un acontecimiento, simplemente pasa. 
Y así, un día, me encuentro hablando a través de mi reloj biológico y no de mi cabeza y eso sí que asusta, no sé si para bien o para mal. Digo, la palabra asustar no tiene una connotación positiva, pero en este mar hormonal, lo que asusta a veces asusta por desearlo tanto, por parecer tan lindo. Mi estúpido instinto de preservación de la espacie está ahí, lo he visto cara a cara y algunos de los seres humanos que me rodean ya han platicado con él. 

En mis monólogos más internos, cuando me planteaba los menos factibles de los futuros, mi limitada imaginación jamás me narró este posible futuro en donde me pienso gratamente capaz de querer tener un hijo y de hablar sobre ello con tanta naturalidad…

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